Valores Intitucionales

 

  • Pasión por la formación. El “Celo ardiente de instruir a los niños”, del tiempo del Fundador, nos mueve al apasionamiento por la formación, especialmente de los más vulnerables, a la audacia en las propuestas educativas, a cuidar y proteger a quienes nos son encomendados de todas las formas que denigran la dignidad humana y a la entrega generosa de nuestros talentos al servicio de la construcción de una sociedad del postconflicto.

 

  • Justicia. El lasallista reconoce que la justicia conduce a la paz y proviene de la decisión libre y autónoma de los ciudadanos representados en las instituciones. Asume la justicia como igualdad en los deberes y los derechos y como equidad en la distribución de los bienes y servicios que dignifican a la persona humana. Por lo cual, asume el reconocimiento crítico del conflicto en las relaciones que posibilita la resolución dialógica de intereses y necesidades, el reconocimiento de las diferencias, el respeto y la garantía de los derechos y la construcción de la comunidad educativa a partir de la participación activa en su devenir histórico de todos y cada uno de sus miembros.

 

  • Compromiso social. Expresión constante de reflexión-acción de cuidado, atención de las necesidades, empoderamiento para generar acciones transformadoras, conducentes a la responsabilidad de dar cuenta de los procesos encomendados o asumidos, de tal modo que vivamos unos principios éticos que rijan nuestra vivencia personal y comunitaria.

 

  • Fraternidad. El reconocimiento de la dignidad de la persona nos conduce como lasallistas, desde la solidaridad, a reducir “las distancias” interpersonales y nos permite escuchar, ver, acoger, sanar y cuidar. Acciones que nos constituyen prójimos, cercanos, ciudadanos con los mismos derechos y deberes. Hombres y mujeres comprometidos con la defensa y promoción de los derechos humanos, buscando la conformación y consolidación de comunidades fraternas y solidarias que hacen del respeto y la inclusión su propósito fundamental.

 

  • Servicio. La manifestación de una comunidad unida es el servicio de la solidaridad transformada en acciones de colaboración y ayuda mutua, que promueve el mejoramiento efectivo de las condiciones de poblaciones en desplazamiento, vulnerabilidad o desigualdad. Nos permite vivenciar la espiritualidad del Buen Samaritano y entregar nuestros dones y hasta nuestra propia vida a los demás.

 

  • Fe. Como respuesta generosa, comprometida y creativa, permite al lasallista redescubrir su camino espiritual personal y comunitario para iluminarlo, de manera cada vez más clara, con la alegría y la esperanza renovada del encuentro con el otro, que lo ubica en la filiación y fraternidad. Consecuencia de este encuentro surge la lectura de fe y el compromiso por las causas sociales, culturales, religiosas y políticas de nuestra misión.

 

 

 

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